
Yo conducía junto a mi hermana cuando, de repente, el camión detrás de nosotros se lanzó como una bestia descontrolada. El sonido de la bocina rasgó el aire.
—Hermano… nos están persiguiendo… —susurró ella, temblando.
No tuve tiempo de entender nada cuando un impacto brutal empujó nuestro coche hacia el borde del precipicio. La rueda trasera quedó suspendida en el vacío. Un segundo más… y todo habría terminado.
El hombre del camión saltó al suelo, cubierto de sangre y barro, con una mirada desquiciada. Gritó con todas sus fuerzas:
—¡DEVUÉLVEMELA! ¡DEVUÉLVEME A MI HIJA!
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Quién… quién es él? —preguntó mi hermana en voz baja.
No respondí.
Porque en ese instante… lo reconocí.
Era el padre de la chica que había desaparecido… hacía tres años.
La misma chica con la que… mi hermana había tenido algo que ver.
El coche comenzó a deslizarse.
—¡Agárrate fuerte! —grité.
El hombre corrió hacia nosotros, intentando abrir la puerta, pero era demasiado tarde—la tierra bajo las ruedas se desmoronó.
En el instante en que el coche cayó al vacío, lo vi arrodillarse, gritando como un animal al que le arrancan el alma.
Pero ese no fue el final.
Cuando desperté en el hospital, giré la cabeza hacia la cama de al lado.
Vacía.
—¿Dónde está mi hermana? —pregunté.
La enfermera guardó silencio unos segundos antes de responder:
—No trajeron a nadie más con usted.
La sangre se me heló.
—Eso es imposible… ella estaba sentada a mi lado.
La enfermera me miró con una expresión extraña… casi de miedo.
—Señor… su hermana murió hace tres años, en un caso de desaparición en esa misma montaña.
Y en ese momento…
recordé sus últimas palabras antes de caer:
—Hermano… esta vez… no dejaré que me encuentren otra vez.


